LA BANDA DE GUERRA.
Corría el año de mil
novecientos cincuenta y ocho, cursaba yo el cuarto grado de primaria en la
escuela “Ángel Pola Moreno” en Villaflores, Chiapas. El director del plantel
era el profesor Jesús Flores Meléndez, a quien cariñosamente todos llamábamos “el maestro Chú”, primo
hermano de mi padre, además de querido maestro de bastantes generaciones
de frailescanos.
Nuestra escuela tenía la única banda de guerra que había en
el pueblo, por lo mismo, encabezaba todos los desfiles cívicos que durante el
año se celebraban. La banda la formaban diez cornetas que tocaban los hombres, estos
usaban uniforme militar azul marino con muchos botones dorados coronados con
una gorra como la que usaba el general Mac Arthur en la segunda guerra mundial
y también diez tambores que tocaban las mujeres, ellas usaban un vestido a
cuadros rojos y blancos, cubrían su
cabeza con una boina roja.
Yo deseaba pertenecer a la banda de guerra, pero existía un gran problema, quería ser
“tamborero” no “cornetero”, el motivo era muy sencillo, me gustaba oír el ruido
que hacen las baquetas en el cuero del tambor. La otra poderosa razón –quizás la
más importante– es que había intentado sin éxito sacarle algún sonido a una
corneta; al soplar, el aire se me
escapaba por todos lados, menos por donde debe salir el sonido del
instrumento.
—Profesor, le dije al maestro Chú, –teníamos prohibido
llamarle tío mientras estuviera en el trabajo– Quiero pertenecer a la banda de
guerra, pero deseo tocar el tambor.
El maestro Chú era gordo, moreno, con cabello ondulado,
usaba un bigotito tipo Pedro Infante y también anteojos de aros gruesos. Me
miró muy serio mientras trataba de ordenar
los papeles que acumulaba todos los días y que se guardaba en la bolsa
izquierda de la camisa blanca, me dijo:
—Eso no puede ser sobrino, –él si podía llamarnos como se
le diera la gana– No puede ser, repitió, ¿no te has dado cuenta que únicamente
las mujeres tocan los tambores?
Con pena le expuse los argumentos por los que, según yo,
los hombres debíamos tocar también los tambores.
—Maestro, ya sé que las mujeres tocan el tambor, pero si
hay guerra ¿Acaso van a mandar a las mujeres al combate? ¿No verdad?, mejor que
la banda este formada por puros hombres. Además, ya intenté tocar la corneta y
no le puedo sacar ni un triste gemido.
—Mira sobrinazo, si quieres pertenecer a nuestra banda,
tendrás que tocar la corneta y para tu información, no va a haber guerra en la
que ustedes participen, a no ser que le declaremos la guerra a los de Villa
Corzo, aunque no creo que se pueda –Reflexionó mientras sonreía– Porque los
villacorceños y nosotros, si le buscamos un poco, resultamos todos familia.
Pero antes, te quiero hacer una pregunta: ¿Sabe tu papá que
deseas estar en la banda de guerra? Hace poco me reclamó que sólo pidiendo dinero
estoy. Para formar parte de nuestra famosísima banda hay que mandar a hacer el
uniforme completo y sé que no es muy barato.
—Sí, ya me dio permiso, me dijo que hablara con usté y que no permitiera que me
hiciera comprar el tambor o la corneta, porque eso lo debe poner la escuela.
El maestro Chú se rió a carcajadas, su gran panza (así le
llamaba a su estomago) se reía también al mismo ritmo que su cara.
—Sobrino, sé bienvenido entonces a la banda de guerra, tienes varios años por delante pa’ sacarle un
buen sonido a la corneta, ve y dile al Coleto Jimeno que te enseñe, concluyó.
Antonio Jimeno era el capitán de la banda de guerra, sus
padres eran originarios de San Cristóbal las Casas, (a los de ahí les decimos Coletos)
aunque Toño nació en Villaflores, heredó el apodo del papá.
El Coleto, cursaba un grado o dos arriba que yo, aunque
como casi todos en ese tiempo, estaba desfasado de edad, fácilmente era unos
cuatro años mayor.
Toño, generosamente se dio a sí mismo el grado de “comandante supremo” y tomaba muy en serio su
papel, como responsable y líder era el solista de la banda, tenía la quijada un
poco chueca, al tocar la corneta inflaba únicamente el cachete derecho, no
obstante, el sonido de su instrumento era claro y entonado.
Cuando me presenté a mi primer ensayo estaban todos los
integrantes de la banda: Chú Seco y su
diente de oro, Gil Rincón siempre sonriente, el Cantinflas Betanzos eterno
enemigo del peine, Ricardo el Walterspacher flaco como palmera, Beto Sarmiento
el león pelón, Manuelón Burro y otros más.
—Recluta, me dijo el Coleto, soplále a la trompuda,
–imaginé que el recluta era yo y la trompuda alguna de las muchachas que
tocaban el tambor.
—¿A cuál de todas soplo?
—La que tenés en la mano, dijo, ¿A cuál más?
—Ahhh.
A Toño le gustaba llamar ocasionalmente “cueros” a los
tambores y “trompudas” a las cornetas.
Coloqué el instrumento
en mis labios como lo hacían los demás, inflé el cachete derecho, luego el
izquierdo, después inflé ambos cachetes y soplé:
—Prrrrrrrr, prrrrrrrt, prrrrrt… Cuando iba a dar el cuarto
prrrrrt, ya no salió nada.
El Coleto aconsejó:
—Colocá bien fuerte la boquilla de la trompuda contra tus
labios y haz fuerza con el estomago no con el pulmón, dijo y agarró la corneta
de órdenes, se la puso en los labios, infló el cachete derecho y… Turutu tutu
tututu tutu tutu tutututu.
—‘Uta ¡Chingón! Reconocí.
—Recluta,
‘ora vas tú de nuevo, ordenó el Coleto.
—Prrrrt prrrt.
—Ya está bueno, creo que te voy a tené que emboquillá la boca pa’ que toqués a toda
madre.
Me habían advertido, que la emboquillada consistía en que
el Coleto le pegaba un manotazo a la campana o parte ancha del instrumento, con
el fin de lastimarte los labios y así se te formara un callo en ellos.
—Toño…
—¡Comandante supremo, cabrón!, ¡Que no se te olvide!
—Perdón comandante supremo, ¿porqué no hablamo de la emboquillada hoy en la noche?,
te invito que mejor nos emboquillemo unos taquito en los portales, con doña
Elvirita.
—‘Ta bueno, solo porque es tu tío el maestro Chú, no te
emboquillo ‘orita, nos vemo en la noche, pero te advierto que no como tacos, yo
únicamente me emboquillo con pollo.
De esta manera fue como hice mi ingreso a la fabulosa banda
de guerra de la Ángel Pola.
Ensayábamos en la escuela por las tardes, en ocasiones, el
comandante supremo nos llevaba a otro lugar; marchábamos en dos filas, una de
tambores y otra de cornetas, Toño marchaba adelante, de pronto levantaba la
“Trompuda” y con la otra mano tapaba la campana, era la señal de “atención”.
Las cornetas se llevaban a los labios, inmediatamente después, el Coleto se
trenzaba en un frenético movimiento de la mano que llevaba el instrumento, se
supone que con los giros y demás señales que hacía con la mano libre, nos
indicaba el toque que debíamos ejecutar, por cierto, únicamente sabíamos “paso
redoblado” y ya.
Un día antes de desfilar llevábamos los instrumentos a casa
para sacarles brillo, después teníamos que vestir las cornetas con un cordón
rojo. Nos proporcionaban también unas bolitas
rojas llamadas golpes, que
nos colocábamos en los antebrazos del
uniforme.
Llegó el 20 de Noviembre, día del desfile que celebra la
Revolución Mexicana; a las cuatro de la madrugada pasaron por mí los compañeros
de la banda de guerra y tocaron “paso redoblado” en la ventana donde dormía mi
papá, quien se cayó de la cama cuando sonaron tres cornetas a medio metro de su
oído, aseguraba que por el susto, a partir de ahí se volvió hipertenso y
pre-diabético.
Despertamos de igual manera a todos los compañeros y le dimos la última ensayada a
nuestro único toque justo en el parque central.
En punto de las ocho y media estábamos uniformados y listos
para encabezar el desfile, que iniciaba y concluía enfrente del palacio
municipal después de haber recorrido las principales calles de la ciudad. Como siempre, la
presencia de la banda de guerra alegró el desfile y fue aclamada por todo el
público.
Estábamos finalizando el evento frente al Palacio
Municipal, cuando vi aparecer a mi archienemigo “el Remache”, un chaparrón aprendiz
de mecánico, que ostentaba orgullosamente las tres efes del dicho: era feo,
fuerte y fendejo. Los compañeros decían que estaba “enviejado”, tenía los cargos
de presidente, secretario y creo que único miembro del club “Odiamos a Enrique
Orozco”.
Siempre ignoré el motivo por el que le caía tan mal a este
sujeto, cuando me vió uniformado frunció el ceño y no me quitaba la vista de
encima, después de una serie de toques de la banda, se acercó a mi corneta,
inmediatamente se percató de que mi instrumento no sonaba como los otros, con
aire de triunfo dijo alzando la voz:
—Velo, mirálo ¡Este jaragán no está tocando nada!
Para corroborar su afirmación, acercó la oreja a la campana
de mi corneta esperando el siguiente toque, estaba listo para hacer añicos mi
reputación como incipiente cornetero.
Solicité la intervención de los ángeles y arcángeles del cielo, pues había visto en las estampitas
que el cura nos obsequiaba, que ellos tocaban las cornetas celestiales, e
invocándolos con todas mis fuerzas, apreté la trompuda contra mis labios, al
mismo tiempo que Toño comenzó con el ritual de mover desquiciadamente su
trompuda y con la oreja del Remache pegada a mi corneta, lancé un toque tan
agudo que me sorprendió y que seguramente rompió algunos cristales de la
presidencia municipal.
El cuerpo del Remache se cimbró, puso los ojos en blanco, lentamente
se sentó en el suelo y pasado un buen rato salió del lugar con el paso
tambaleante e inseguro que lucen los borrachos al terminar el maratón
Guadalupe-Reyes. Me contaron que el Remache quedó tan mareado que tardó varias
horas para encontrar la puerta de su casa.
Toño Jimeno, el coleto, logró a base de perseverar, hacer
que de mi trompuda saliera por fin un sonido decente que bastante se parecía a
lo que tocaban mis compañeros.
Cada vez que tenía oportunidad, tomaba uno de los tambores
y ensayaba los toques que el comandante supremo les había enseñado a las
mujeres de la banda, procuraba que nadie me viera porque inmediatamente me
decían que estaba mampeando.
El final de la etapa de la escuela primaria llegó demasiado
pronto, formé parte de la banda de guerra durante tres años. Recibí mi
certificado de primaria en mil novecientos sesenta. Estaba con mis padres en el
baile de coronación de la reina del plantel, evento de los más concurridos
durante el año, cuando el coleto llegó bien uniformado hasta donde me
encontraba, me dijo:
—Quique, echáme la mano, tenemos que tocar pa’ hacerle honores a la bandera y no encuentro
a nadie, los cornetas no quisieron entrar y todas las tamboreras traen
zapatillas y lo que quieren es bailar no tocar con la banda.
Fuimos por la parte de atrás donde estaba el trono de la
reina, me di cuenta que estaríamos tapados por el trono y como faltaba un
tambor le propuse a Toño:
—Comandante, si querés, yo puedo tocar el tambor mientras
vos le das a la trompuda.
—Qué, ¿Acaso sabés tocar los cueros? Preguntó Toño.
—Los cueros todavía no, pero si los tambores, dije.
—Es lo mismo totoreco, dijo el comandante.
Toño, como siempre, tocó un solo de corneta como el sabia
hacerlo, cuando oyó cómo sonaba el tambor, subía y bajaba las cejas con signos
de admiración, verdaderamente se oyó muy bien como tocamos el Coleto y yo.
Al terminar el acto de honores a la bandera, Toño me
abrazó, me felicitó y no me besó porque me hice a un lado y no le atinó al
cachete por tener la boca chueca, todo por lo bien que toqué el tambor.
No volví a ver a Toño Jimeno pues emigré al Distrito Federal para continuar con mis estudios, pocos
años después me enteré, con mucha tristeza, que el Comandante Supremo murió muy
joven en un accidente de motocicleta en la carretera Tuxtla-Villaflores.
Hace unas semanas, tuve un sueño en el que Toño Jimeno llegó
a saludarme, lo abracé con mucho entusiasmo:
—Toñito, coletito…
—¿Qué cosa? ¡Comandante supremo, cabrón! ¡Que no se te
olvide!
—Perdón comandante supremo.
El Coleto estaba igual que la última vez que lo vi en el
baile de la reina de la escuela, me sonrió y dijo:
—Recluta, te vine a ver pa’ preguntarte si querés tocar con
nosotros en la banda de paz que estoy organizando en el cielo, ya están ahí casi
todos los compañeros, ¿Te animás?
—Comandante Supremo, le dije, en este momento no puedo
tocar con ustedes, tengo mucha ropa que planchar, pero en cualquier momento por
allá les caigo, por cierto ¿No anda por ahí el Remache?
—Si, ahí está, aunque anda todo jodido, dice que un pendejo
lo dejo sordo de un cornetazo que le
tocaron en la oreja ¿Sabés quién fue? Preguntó el comandante supremo.
—No sé, le mentí, ya ves que no faltan los pendejos que ven
una corneta y ponen su oreja muy cerca.
—Si pué, tenés razón, por cierto, ya están a punto de darle
sus alas a ese compa.
—Qué ¿ya lo hicieron ángel?
—Le darán sus “alas azules”, pero los cigarros, ese güey está en el purgatorio y si no se
compone lo van a mandá de nuevo al mero infierno.
—Comandante ¿Existe el infierno?
El Coleto enchuecó la boca en algo que pareció una sonrisa
y dijo:
—Si pué, ¿Dónde creés que estas vos?
MVZ. Enrique Orozco González.
juglar1948@gmail.com
@EnriqueOrozcoG